
PARA TODOS UDS. QUE ESTÁN EN DIVERSAS ACTIVIDADES POR ESTOS DÍAS, UNOS EN PRÁCTICA, OTROS ESTUDIANDO A FULL, TODOS NOSOTROS A VECES O MÁS BIEN FRECUENTEMENTE NOS DECIMOS PORQUE NO ESTUDIÉ OTRA COSA Y ALGUNAS MÁS OTROS MENOS HEMOS LLORADO LAGRIMAS DE SANGRE POR ESTA CARRERA, HIJOS DEL RIGOR O NO, TODOS AMAMOS EL DERECHO Y TODOS NOSOTROS SEREMOS ABOGADOS DE LA REPUBLICA DE CHILE, CUESTA PORQ ES LA UNICA PROFESIÓN DESIGNADA POR UN PODER DEL ESTADO, SOMOS INVESTIDOS POR LA MAGISTRATURA, NUESTRA PROFESIÓN ES SOLEMNE Y POR ELLO QUE DEBEMOS RECORDAR DE DONDE ELLA PROVIENE PARA ENTENDER EL PORQUÉ DEBEMOS DEDICAR CADA MINUTO DE NUESTRA VIDA A ELLA..
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La denominación de abogado tiene su origen en la voz latina “advocatus”, o “advocatum”, y se le ha definido como “el hombre probo, perito en el arte de hablar.” Esta definición, tiene la ventaja de hacer resaltar las dos grandes condiciones que debe tener un buen abogado: La probidad y la competencia.
Por su parte, Dalloz, dice que abogado es aquel que después de haber obtenido el grado de licenciado en derecho, se encarga de defender oralmente o por escrito ante los tribunales, el honor, la vida, la libertad y la fortuna de los ciudadanos.
Ahora bien, la historia demuestra que en Grecia fue una profesión muy apreciada, especialmente entre los habitantes de Atenas. En aquella cultura se acuñó la expresión “elocuencia”, siendo Pericles el primero en utilizarla en juicio. En este mismo sentido, fue Antiphon quien en sus “Oraciones” estableció el proceso basado en la “elocuencia”, a fin de sostener una pretensión en juicio.
Sin embargo, fueron las leyes de Solón y Dracón, dictadas en el Foro de Atenas, las que reglamentaron el ejercicio de la profesión. La alegación estaba limitada en el tiempo y se prohibían las injurias, insultos y discutir en público la materia ya alegada.
Por su parte, en Roma los que profesaban la carrera de abogado, denominados como dijimos “Advocatum”, eran respetados a tal punto, que a la espada se anteponía la toga. Expresión de este reconocimiento fue que el emperador Anastasio concedió a los abogados que se retiraban el título de “Clarísimos”, aludiendo a su probidad y transparencia. Estos principios que hoy en día se vuelven imprescindibles para el ejercicio de funciones públicas y privadas.
Para el ejercicio de la profesión se exigía tener cumplidos 17 años, haber aprobado un examen luego de 5 años de estudio, acreditar buena reputación y costumbres; estando absolutamente excluidos los infames, los sordos y los mentecatos.
El ejercicio de la abogacía en los Tribunales Superiores exigía la pertenencia al “Ordo o Collegiorum Togatorum”, creado en la época de Ulpiano, y que es la institución que dio origen a los actuales colegios de abogados. Este último jurisconsulto llamó a los defensores o abogados Sacerdotes Justitiae et Juris.
Con la invasión bárbara a Roma, el Foro pierde importancia por considerarse al hombre de armas más importante que al de ley u hombre de derecho.
Con posterioridad a aquella crisis, renace en Francia durante el reinado de San Luis el amor por la Abogacía, dedicándose especialmente a ella los miembros del clero.
Hacia 1344, en París, se dicta una Ordenanza por la que se regula el Foro y se ordena que la profesión de abogado debiera ejercerse de una manera honorable y útil para el pueblo; y llegará a expresarse que la orden de los abogados “Era tan antigua como la magistratura, tan noble como la virtud y tan necesaria como la justicia”.
No podemos en este andar, olvidar a España, donde en el Fuero Juzgo se establecía que el poderoso que litigase con pobre diera poder a uno que fuera igual a éste, o bien que éste lo confiriera a uno de jerarquía igual a la de su adversario. El Fuero Real organizó la abogacía haciendo necesaria la intervención de los “voceros”, cuyos deberes señaló y cuya remuneración fijó en la vigésima parte a lo más, del capital objeto del juicio.
La Partida Tercera, considera la abogacía como un oficio público, consigna los derechos y deberes de los abogados. Les prohíbe llevar más de cien maravedíes por su trabajo y amenaza con la pérdida del oficio al que celebra el pacto de cuota litis.
La historia de nuestro país ve surgir a los primeros abogados hacia 1747 con la creación de la Real Audiencia, antecedente de esta Corte Suprema. Los estudios debían realizarse en la Universidad de San Marcos de Lima. Posteriormente, con la creación de la Universidad de San Felipe en Chile comienza la formación de los primeros abogados nacionales. Los estudios de derecho tuvieron mayor avance al crearse en Santiago en 1778, la Academia de Leyes y Práctica Forense.
Por su parte, la primera Facultad de Leyes fue creada al alero de la Universidad de Chile el año 1842, formalizándose el plan de estudios para optar al título de abogado.
Esta muy rápida visión histórica de la profesión que hemos abrazado, creemos que es útil para comprenderla y quererla.
Como se desprende de lo dicho, nuestra profesión está muy ligada con la actividad pública, situación que nos hace comprender de mejor manera las siguientes palabras de Cicerón: “¿Qué puede haber más hermoso para un anciano que habiendo desempeñado los honores y los oficios públicos, pueda decir con toda razón lo que leemos de Apolo Pitio; que él es aquél a quien, si no pueblos y reyes, al menos todos sus conciudadanos, acuden a pedirle consejo?”.
En fin, queda claro que al incorporarse al gremio de la abogacía conviene tener presente que su ejercicio tiene no sólo una historia remota, sino además, una tradición de valores y principios que deben ser preservados en el transcurso de la vida de cada uno de sus integrantes, con el objeto de seguir contribuyendo al prestigio de esta noble profesión.
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La denominación de abogado tiene su origen en la voz latina “advocatus”, o “advocatum”, y se le ha definido como “el hombre probo, perito en el arte de hablar.” Esta definición, tiene la ventaja de hacer resaltar las dos grandes condiciones que debe tener un buen abogado: La probidad y la competencia.
Por su parte, Dalloz, dice que abogado es aquel que después de haber obtenido el grado de licenciado en derecho, se encarga de defender oralmente o por escrito ante los tribunales, el honor, la vida, la libertad y la fortuna de los ciudadanos.
Ahora bien, la historia demuestra que en Grecia fue una profesión muy apreciada, especialmente entre los habitantes de Atenas. En aquella cultura se acuñó la expresión “elocuencia”, siendo Pericles el primero en utilizarla en juicio. En este mismo sentido, fue Antiphon quien en sus “Oraciones” estableció el proceso basado en la “elocuencia”, a fin de sostener una pretensión en juicio.
Sin embargo, fueron las leyes de Solón y Dracón, dictadas en el Foro de Atenas, las que reglamentaron el ejercicio de la profesión. La alegación estaba limitada en el tiempo y se prohibían las injurias, insultos y discutir en público la materia ya alegada.
Por su parte, en Roma los que profesaban la carrera de abogado, denominados como dijimos “Advocatum”, eran respetados a tal punto, que a la espada se anteponía la toga. Expresión de este reconocimiento fue que el emperador Anastasio concedió a los abogados que se retiraban el título de “Clarísimos”, aludiendo a su probidad y transparencia. Estos principios que hoy en día se vuelven imprescindibles para el ejercicio de funciones públicas y privadas.
Para el ejercicio de la profesión se exigía tener cumplidos 17 años, haber aprobado un examen luego de 5 años de estudio, acreditar buena reputación y costumbres; estando absolutamente excluidos los infames, los sordos y los mentecatos.
El ejercicio de la abogacía en los Tribunales Superiores exigía la pertenencia al “Ordo o Collegiorum Togatorum”, creado en la época de Ulpiano, y que es la institución que dio origen a los actuales colegios de abogados. Este último jurisconsulto llamó a los defensores o abogados Sacerdotes Justitiae et Juris.
Con la invasión bárbara a Roma, el Foro pierde importancia por considerarse al hombre de armas más importante que al de ley u hombre de derecho.
Con posterioridad a aquella crisis, renace en Francia durante el reinado de San Luis el amor por la Abogacía, dedicándose especialmente a ella los miembros del clero.
Hacia 1344, en París, se dicta una Ordenanza por la que se regula el Foro y se ordena que la profesión de abogado debiera ejercerse de una manera honorable y útil para el pueblo; y llegará a expresarse que la orden de los abogados “Era tan antigua como la magistratura, tan noble como la virtud y tan necesaria como la justicia”.
No podemos en este andar, olvidar a España, donde en el Fuero Juzgo se establecía que el poderoso que litigase con pobre diera poder a uno que fuera igual a éste, o bien que éste lo confiriera a uno de jerarquía igual a la de su adversario. El Fuero Real organizó la abogacía haciendo necesaria la intervención de los “voceros”, cuyos deberes señaló y cuya remuneración fijó en la vigésima parte a lo más, del capital objeto del juicio.
La Partida Tercera, considera la abogacía como un oficio público, consigna los derechos y deberes de los abogados. Les prohíbe llevar más de cien maravedíes por su trabajo y amenaza con la pérdida del oficio al que celebra el pacto de cuota litis.
La historia de nuestro país ve surgir a los primeros abogados hacia 1747 con la creación de la Real Audiencia, antecedente de esta Corte Suprema. Los estudios debían realizarse en la Universidad de San Marcos de Lima. Posteriormente, con la creación de la Universidad de San Felipe en Chile comienza la formación de los primeros abogados nacionales. Los estudios de derecho tuvieron mayor avance al crearse en Santiago en 1778, la Academia de Leyes y Práctica Forense.
Por su parte, la primera Facultad de Leyes fue creada al alero de la Universidad de Chile el año 1842, formalizándose el plan de estudios para optar al título de abogado.
Esta muy rápida visión histórica de la profesión que hemos abrazado, creemos que es útil para comprenderla y quererla.
Como se desprende de lo dicho, nuestra profesión está muy ligada con la actividad pública, situación que nos hace comprender de mejor manera las siguientes palabras de Cicerón: “¿Qué puede haber más hermoso para un anciano que habiendo desempeñado los honores y los oficios públicos, pueda decir con toda razón lo que leemos de Apolo Pitio; que él es aquél a quien, si no pueblos y reyes, al menos todos sus conciudadanos, acuden a pedirle consejo?”.
En fin, queda claro que al incorporarse al gremio de la abogacía conviene tener presente que su ejercicio tiene no sólo una historia remota, sino además, una tradición de valores y principios que deben ser preservados en el transcurso de la vida de cada uno de sus integrantes, con el objeto de seguir contribuyendo al prestigio de esta noble profesión.

1 comentario:
me dio lata leer tanto
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